¿Qué haría si a los 4 años su hija le dice que ella
quiere ser un niño? ¿Y si a los 14 empieza a usar ropa masculina porque
no se siente mujer, sino hombre? Los transexuales son personas cuyo sexo
biológico no coincide con su sexo sicológico. El conflicto comienza en
la infancia, y se intensifica en la adolescencia. Hoy, en EE.UU. y
Europa, se debate qué hacer cuando un menor de edad, diagnosticado como
transexual, pide cambiar de sexo. En Chile, la discusión recién
comienza.
Por Carola Solari y Consuelo
Unas fotos en la pared. En el departamento
que Jimena Norambuena (46) tiene en el centro de Santiago, el único
rastro de que alguna vez ella fue madre de una niña, son esas fotos en
la pared. Ahí está Araceli Riquelme, a los 2 años, con el pelo largo y
crespo y el delantal a cuadros que usaba en el jardín infantil de su
ciudad natal, Chillán. Al lado de esa imagen, hay otra. Araceli a los 4,
vestida de tortuga ninja, en actitud desafiante. “Fue imposible
vestirla de princesa. Lloró y pataleó hasta que acepté que se disfrazara
de tortuga”, dice Jimena quien, al mirar retrospectivamente, señala esa
edad, los 4 años, como el momento en que todo partió. Cuando su hija
dio las primeras señales de que se identificaba más con los niños que
con las niñas.
Hoy, Araceli se llama Michel, tiene 26 años y vive como un hombre
transexual tras haberse extirpado quirúrgicamente los pechos, los
ovarios y el útero. Además, sigue un tratamiento hormonal de
reasignación de género y está tomando hormonas masculinas. “A los 4 años
pedía soldaditos para el cumpleaños y andaba en bicicross. Rechazaba
todo lo rosado y femenino. Yo pensé que con los años se le pasaría. Pero
no fue así, persistió”, cuenta la madre, quien criaba sola a su hija
porque estaba separada. En el vocabulario de Jimena, como en el de la
mayoría de las madres chilenas, la palabra transexual no existía. Lo más
lejos que llegó fue pensar que su hija podía ser lesbiana. Por eso no
advirtió que el comportamiento de Araceli podía ser señal de un
conflicto de identidad sexual, conocido como disforia de género, que se
caracteriza por un rechazo hacia el propio cuerpo, una identificación
intensa y persistente con el otro sexo y un deseo de vestir, vivir y ser
tratado como un miembro del sexo opuesto.
Se estima que hay un transexual por cada 15 mil personas. A
diferencia de la homosexualidad, donde las personas se sienten atraídas
por los de su mismo sexo –lo que se conoce como orientación sexual–, las
personas transexuales sienten que nacieron en un cuerpo equivocado:
anatómicamente son mujeres, pero sicológicamente se sienten hombres. O
viceversa. Técnicamente la transexualidad es un diagnóstico siquiátrico,
aunque hoy se debate, en el mundo, acerca de si es o no una enfermedad
mental. Lo cierto es que uno de los criterios para diagnosticarlo es el
sufrimiento que ser transexual conlleva: por un lado, el malestar con el
propio cuerpo o sexo anatómico y, por otro, el rechazo familiar y
social que provoca, especialmente en las primeras fases del proceso de
cambio.
¿Por qué sucede? No se sabe, aunque hay varias teorías.
Investigaciones recientes muestran que los cerebros de hombres y mujeres
tienen diferente estructura. Y que, en el caso de los transexuales, sus
cerebros estarían estructurados como los del sexo opuesto. De ahí que
los primeros signos de esta condición aparezcan muy temprano, cuando los
niños aprenden a distinguir que en el mundo hay hombres y mujeres.
“Desde muy chicos suelen sentirse forzados y violentados, porque si el
padre ve que su hijo se viste como niña, reprimirá esa conducta, y si la
niña se comporta como hombre, rápidamente la tildarán de amachada. Por
eso, cuando las personas transexuales relatan su infancia, siempre hay
episodios de dolor, rechazo o discriminación”, señala Francisco Pérez
Deney, sicólogo y sexólogo que trata a personas transexuales. Jimena
supo que su hija era transexual justamente después de un episodio
triste.
Araceli ya tenía 15 años. Era una joven muy retraída; ocultaba sus
sentimientos y su cuerpo. Se fajaba los pechos para que no se le
notaran, usaba ropa muy suelta, siempre andaba con la cara lavada y el
pelo tomado. “Todo hizo crisis cuando un día en que estaba sola en la
casa con mi hermana, Araceli se encerró en el baño con un cuchillo
cartonero e intentó cortarse un pecho. No alcanzó a materializarlo,
porque el contacto del filo con la piel le causó un dolor tan intenso
que se detuvo. Cuando llegué y supe lo que había ocurrido sentí una
culpa terrible por no haber advertido lo que pasaba, por no haber sabido
contenerla y guiarla”, recuerda Jimena, que en ese momento tomó a su
hija y le preguntó qué le pasaba. –Odio mi cuerpo, mamá. No sé qué soy:
no me siento mujer, me siento hombre–, le dijo Araceli. Confundida, sin
encontrar las palabras correctas para orientar a su única hija, Jimena
recurrió a un siquiatra.
En esa consulta, Jimena y su hija escucharon por primera vez la
palabra que de ahí en adelante marcaría sus vidas: transexual. “Lo
difícil de tener un hijo transexual es cómo apoyarlo en algo que la
gente rechaza, porque lo desconoce. Mi madre no lo tomó bien, mis
hermanas me echaron la culpa. Yo nunca dudé en quedarme a su lado: es mi
única hija, aunque ahora le digo hijo y le digo Michel. Pero reconozco
que me dio pena cuando decidió sacarse los ovarios y el útero para ir
pasando de mujer a hombre. Nunca seré abuela, Michel renunció a su
capacidad reproductiva para poder vivir como un hombre transexual”.
Niños con desorden de género
En Estados Unidos y Europa hoy existe una subcultura creciente de
padres que escriben en foros y listas de correos intercambiando
información sobre niños y adolescentes transexuales. Dos veces al año se
reúnen en la Trans-Health Conference, en Philadephia, el evento más
grande sobre transexualidad en Estados Unidos. En 2004 solo un puñado de
niños asistió con sus padres a la conferencia. Pero en 2008 llegaron 50
niños junto a sus hermanos, suficientes para tener un staff completo
dedicado al cuidado y entretención de los menores, mientras sus padres
asistían a las ponencias. En esos encuentros las mujeres y hombres
transexuales de 50 y 60 años describen vidas de dolor y rechazo,
marcadas por esconder maquillaje bajo el colchón, padres distanciados,
autoagresiones a los propios genitales e intentos de suicidio.
Los transexuales de 20 y 30 años, por su parte, están dedicados a la
lucha por los derechos humanos de la comunidad trans. Y los niños y
adolescentes con desorden de género son los que abren la gran pregunta:
cómo abordarlo, ya que ellos podrían ser la primera generación con la
posibilidad médica de tener una pubertad vivida en el sexo contrario, el
sexo con el que se identifican. Porque hoy cuando un adolescente es
diagnosticado como transexual, se acepta –bajo ciertos criterios–
retrasarle con hormonas el desarrollo puberal, para darle tiempo para
madurar y decidir si cambiará o no de sexo cuando sea mayor de edad. El
dilema es que la decisión de retrasar la pubertad no la pueden tomar los
niños. Se requiere la autorización de los padres.
Alrededor del mundo las clínicas que se especializan en el trastorno
de identidad de género en niños reportan una explosión de consultas en
los últimos años. Citado en un reportaje de The Atlantic, el doctor
Kenneth Zucker, director de la mayor clínica de identidad de género en
Toronto, afirma que su lista de espera se ha triplicado en los últimos
cuatro años a 80 niños. La doctora Peggy Cohen-Kettenis, quien dirige
The Amsterdam VU University Medical Center en Holanda, asegura que la
edad de sus pacientes ha bajado considerablemente desde que empezó a
atender a menores de 16 años. “En los últimos 5 años la edad de los
adolescentes que aplican a reasignación de sexo ha caído
considerablemente. Ya no es inusual tener a niños de 12 años
presentándose en las clínicas de identidad de género con el deseo de
hacer la transición hacia el sexo opuesto”, señaló la doctora en 2008 a
The Journal of Sexual Medicine.
“Estos jóvenes ya no están dispuestos a esperar varios años, sabiendo
que la experiencia alienante del desarrollo de las características
sexuales secundarias de su sexo biológico se completará y solo podrá ser
revertida parcialmente, con un alto costo de intervenciones médicas”,
agregó la doctora Peggy Cohen-Kettenis en el citado artículo.
De hombre a mujer
En Chile el tema parece raro y lejano, pero la discusión está
comenzando. Valentina Verbal es una de las pocas transexuales chilenas
con título universitario que circula públicamente sin esconder su
condición. Es licenciada en Historia de la Universidad de los Andes,
coordinadora de la comisión trans de la Fundación Iguales (la que
preside el escritor Pablo Simonetti) y columnista del sitio web de
noticias, El Dínamo. Valentina cree que su vida habría sido
diametralmente distinta si hubiera podido asumir su condición en la
adolescencia.
Lo hizo recién hace dos años, al borde de los 40. “Ya no daba más: me
había pasado la vida entera ocultándolo. Desde niño me sentí mujer,
pero me reprimía: sabía que no podía jugar con muñecas o vestirme con la
ropa de mi hermana. Me daba terror contárselo a mi papá, que es marino.
Ahora hay mucha información, pero si hace 30 años ser gay era terrible,
qué decir ser transexual; nadie sabía lo que era esto y, a lo más, se
asociaba con ir a pararse en una esquina disfrazado de mujer. No quería
eso para mí”, dice. Valentina atravesó paulatinamente el proceso de
pasar de hombre a mujer cuando estaba terminando su carrera y asistiendo
a una terapia.
Lo primero que hizo fue contarles a sus padres: les escribió una
carta. “Para ellos fue fuerte, porque son mayores y conservadores. No sé
si lo entendieron, pero me apoyaron; mi mamá me respaldó emocionalmente
y mi papá, que es más racional, se preocupó mucho: de cómo iba a
trabajar ahora, de qué iba a vivir”, dice. La misma carta se la envió a
sus hermanos y amigos. “La mayoría me respondió en forma positiva, pero
solo un par de amigos quiso juntarse conmigo como Valentina. Mi hermano,
por ejemplo, de quien era muy cercano, nunca más volvió a salir
conmigo, vestido de mujer, a la calle”, dice.
Valentina empezó un tratamiento hormonal de reasignación de género
–bloqueadores de sus hormonas masculinas e ingestión de hormonas
femeninas– que le provocaron cambios corporales: se le suavizó la piel,
se le afinó la voz y se le debilitó el vello corporal. También se
inscribió en un curso de maquillaje, empezó a vestirse de mujer y a usar
el nombre con el que todos la conocen ahora: Valentina. Hoy, sus
compañeros y profesores de la Universidad de los Andes seguramente no
podrían reconocerla. “La ventaja de empezar la transición de género
cuando eres joven es que te ahorra mucho sufrimiento. Cuando salí del
colegio tenía claro que me sentía como mujer y no poder expresarlo me
generó una depresión severa y obesidad mórbida: subí 50 kilos.
Comía porque detestaba mi cuerpo, no quería ser hombre. Hoy, que por
fin estoy viviendo como la mujer que he sido siempre, tengo que deshacer
toda la biología masculina que tuve por casi 40 años y buscar un lugar
en la sociedad para que me dejen vivir como mujer transexual”, dice
Valentina. Asegura que, en parte, la vida pública que ha asumido es para
que se conozca y acepte más a los transexuales. “Encontrar trabajo como
mujer transexual fue difícil y eso que tengo título universitario. El
primero y único que encontré en mucho tiempo, fue como empaquetadora de
fruta en el sur, donde viven mis padres. Después trabajé como encargada
de comunicaciones de una ONG. Pero lo que me gustaría es trabajar de
académica. No lo he intentado aún, pero así como hay historiadores
homosexuales, quiero que me acepten como historiadora transexual”.
Los adolescentes chilenos
El doctor Enzo Devoto, endocrinólogo que realiza tratamientos
hormonales de reasignación de sexo a personas transexuales, ha
verificado en los últimos cinco años el aumento de pacientes menores de
18 años que visitan su consulta en Providencia. “El problema es cuando
los niños con disforia de género se dan cuenta muy chicos, porque no se
puede hacer tratamiento de reasignación de género antes de los 18 años. A
lo más, si entran en una crisis muy fuerte, se les puede retrasar la
pubertad”, señala. La asociación Harry Benjamin International Gender
Dysphoria Association publica cada año un manual de estándares de
asistencia y tratamiento de esta condición.
En él se basa el doctor Devoto y el cirujano chileno Guillermo
MacMillan, uno de los pocos cirujanos especialistas en reasignación de
género. Las etapas del tratamiento son bien determinadas: La primera, es
el diagnóstico de un siquiatra que certifique que la persona realmente
tiene un trastorno de identidad sexual. La segunda, el tratamiento
hormonal para masculinizar o feminizar los caracteres sexuales
secundarios. Esta etapa, que se considera de transición, se hace
coincidir con que la persona comienza a vivir con el rol, ropa, nombre y
vida social correspondiente a su sexo síquico. La tercera, es la etapa
quirúrgica y, para acceder a ella, es requisito haber pasado por las dos
anteriores.
Una de las primeras operaciones que se realiza es la remoción de los
ovarios o testículos, lo que detiene la producción de hormonas sexuales.
También se practican mastectomías para quitarse o ponerse pechos. Y
también se hacen reestructuraciones de genitales, la operación más
compleja, que requiere de una alta especialización. En la cirugía de
hombre a mujer se realiza una vaginoplastia: la piel del pene es usada
para reconstruir un canal vaginal. En las cirugías de mujer a hombre se
realiza una faloplastia: la formación de genitales masculinos mediante
la extracción de piel de otras partes del cuerpo. No todos los
transexuales se operan los genitales, porque es una cirugía cara y puede
conllevar pérdida de sensibilidad en esa zona. Para operarse es
obligatorio ser mayor de 18 años. Sin embargo, el manejo endocrino sí
está a disposición de los menores de edad que estén pasando por una
crisis emocional a raíz de su desarrollo corporal y que, además, cuenten
con la autorización de sus padres. El tratamiento, en todo caso, es
reversible. “Apenas dejas de inyectar hormonas, comienza la pubertad
normal”, dice el doctor Devoto.
Escolar en problemas
En marzo pasado un joven de Rancagua, Ariel Muñoz (16), conoció a su
nuevo curso, luego de repetir primero medio. Llegó el primer día de
clases con su pantalón y polera gris recién lavados y el pelo corto.
Observó a sus nuevos compañeros y compañeras de clase y se sentó en un
banco de la última fila. Cuando entró la profesora y abrió el libro de
clases para pasar lista, empezó a comerse las uñas hasta hacerse heridas
en los dedos. –¿Araceli Muñoz?– preguntó la profesora.
Ariel dudó un momento, con la espalda encorvada y la cabeza gacha
como si quisiera plegarse, esconderse. –¿Araceli Muñoz? Levantó la
cabeza, estiró el brazo para decir presente y trató de controlar las
emociones que se le atoraban en el pecho. –¿Tú eres Araceli? ¿Cómo? Si
eres hombre– reclamó la profesora mientras los 36 estudiantes de la sala
miraban a Ariel, cuchicheando y riendo burlonamente. Ariel no parece
una jovencita. Tiene el pelo cortado al rape, la voz grave y el torso
plano de tanto fajarse los pechos.
Se viste como hombre, se mueve como hombre; es un gran jugador de
fútbol e ingresó con beca deportiva al Liceo Comercial Diego Portales de
Rancagua, al que asiste desde el año pasado. Pero su carné no dice lo
mismo. Dice que se llama Araceli (un alcance de nombres con el primer
caso) y que su sexo es femenino, lo que provoca situaciones incómodas y
confusas. Porque Ariel es un adolescente transexual, pero no tiene un
documento legal que lo respalde para poder vivir como él se siente: como
un hombre.
Cambiar el nombre es un proceso relativamente sencillo para cualquier
persona que argumente que tiene un nombre ridículo. Pero hacerlo porque
se es transexual es mucho más complicado. Al no existir como causal en
la ley, la petición de cambio de nombre y género queda a criterio del
juez. Todos los magistrados exigen demostrar la condición de transexual,
lo que implica presentar informes siquiátricos y pasar por evaluaciones
en el Servicio Médico Legal. Pero, además, para modificar el nombre y
el sexo legal, algunos jueces solicitan que la persona haya pasado por
la cirugía de reasignación sexual.
Según los registros que lleva desde 2002 la Organización de
Transexuales por la Dignidad de la Diversidad (OTD), once transexuales
chilenos han logrado modificar nombre y sexo en su carné. Y otros 6 han
podido modificar solo su nombre.
Pero Ariel está muy lejos de todo eso, todavía. Recién hace un año
empezó a vivir en el género con el que se identifica y las reacciones de
su entorno han sido violentas. Por eso está en tratamiento por
depresión y siguiendo terapia, porque tuvo intento de suicidio. “En el
colegio lo han tratado muy mal, desde que empezó a asumirse como hombre:
no lo entendieron, lo obligaron a seguir usando falda, una profesora le
dijo que estaba endemoniado y el director, en un ataque de ira, lo
zamarreó tan fuerte que lo dejó con hematomas en los brazos. Ariel dejó
de ir a clases y terminó repitiendo primero medio”, dice Catherine
Troncoso (36) su madre, quien lo ha apoyado y, buscando ayuda, llegó a
la OTD, donde entregan asistencia sicológica gratuita. Ahí, cuando lo
atendió el sicólogo, Ariel supo que era transexual y que había más
personas así. Hoy, en la terapia el sicólogo intenta reparar la
violencia que Ariel ha recibido por su condición.
Durante el segundo semestre del año pasado la madre de Ariel hizo
gestiones en la División de Educación de la Corporación Municipal de
Rancagua para que le garantizaran a su hijo un trato digno en el colegio
y lo autorizaran a asistir con pantalón en vez de falda: lo consiguió
luego de demostrar, con un certificado del sicólogo tratante, que Ariel
es transexual y su deseo de ser hombre no es un capricho pasajero de
adolescente.
Por eso, el primer día de clases de este 2011 fue un nuevo comienzo
para Ariel. Cuando la profesora pasó la lista y preguntó por Araceli, él
pidió permiso para salir adelante y aclarar lo que pasaba. Estaba
nervioso, se hirió los dedos comiéndose las uñas. –Hola, quiero decirles
algo. Soy transexual y nací en un cuerpo equivocado. Nací como mujer,
pero siempre me he sentido hombre. Mi carné dice que me llamo Araceli.
Pero quiero pedirles un favor. Que me digan por mi apellido, Muñoz. O
por el nombre que estoy usando ahora: Ariel.
A pesar del buen pronóstico que auguraba el anuncio que Ariel le hizo
a su curso, al cierre de esta edición supimos que nuevamente tuvo que
dejar de ir a clases y dará exámenes libres, luego de que un profesor lo
agarrara a garabatos y lo amenazara con golpearlo por su condición de
transexual.
El caso de Andrés
Andrés Rivera, el fundador y presidente de la OTD es, a todas luces,
un hombre. Nada en su apariencia y su comportamiento delata que alguna
vez este consultor en materia de identidad sexual de la ONU, que está
casado y tiene 47 años, fue alguna vez una mujer que estudió Educación
Parvularia. Andrés es uno de los pocos transexuales chilenos que ha
logrado obtener el cambio de sexo y género legal, en 2007, sin haberse
realizado la cirugía de reestructuración genital; “no la necesito, tengo
una buena vida sexual así”, dice. Sin embargo, para efectuar la
petición ante el juez, Andrés tuvo que pasar por el quirófano para
quitarse los pechos y sacarse el útero y los ovarios. “Para pasar de
mujer a hombre, tienes que renunciar a tu capacidad reproductiva.
Tuve que hacerme una histerectomía”, explica. Hoy, Andrés lucha para
que sea posible cambiar la identidad legal sin necesidad de pasar por la
transición hormonal y quirúrgica. “El carné es un problema cotidiano
que urge resolver. Para nosotros situaciones triviales como cobrar un
cheque, ir al consultorio, votar en las elecciones o simplemente ir al
baño en un restorán, se vuelven tremendamente complejas cuando la
apariencia física no coincide con lo que dice el carné”, dice. Hace diez
años, empezó su cambio de sexo. Comenzó a tomar testosterona, a
vestirse como hombre y a usar el nombre de Andrés en vez de María
Georgina.
El añorado cambio de género, con todo, tuvo costos personales. “Se me
ocurrió salir en un programa de televisión y, aunque no me mostraron la
cara, todo el mundo me reconoció. Fue una bomba. Yo tenía una
consultora que hacía asesorías de proyectos, a la que le iba increíble;
pero tras el programa, los clientes desaparecieron. También desapareció
mi familia. Mis hermanos me dieron la espalda. Mi papá ya estaba muerto y
mi mamá no lo entendió; todavía no lo entiende. No la juzgo: amíme tomó
37 años aceptar lo que me pasaba”. La única que no se fue de su lado
fue Rosita Carolina, entonces su amiga, hoy su esposa. Porque lo primero
que hizo Andrés cuando salió el fallo judicial que le permitió cambiar
su nombre y sexo legal, fue casarse por el civil, con ella, con quien
llevaba 4 años pololeando.
Rosita era una mujer separada, con dos hijos. Cuenta Rosita: “Cuando
lo conocí vi a un hombre. Fue mi amiga quien me aclaró que se trataba de
una mujer. ‘Qué ahombrada’, pensé, porque se sentaba como un hombre,
tomaba cerveza como un hombre. Era, de hecho, caballero y atento”. Y
agrega: “Nuestro amor fue un proceso. Al principio pensaba que no estaba
bien, me costó aceptarlo. Pero con el tiempo encontré la mejor forma de
explicármelo: me enamoré de una persona completa, no de un órgano
sexual. Y Andrés es una bellísima persona”. Andrés y Rosita Carolina se
han convertido, en el mundo transexual, en un ejemplo a seguir.
Representan la tan ansiada normalidad con la que los transexuales
sueñan: una pareja, una familia, una vida tan
auténtica que hasta los hijos de Rosita saben y aceptan la condición
de Andrés. Ellos lo atribuyen a que han sido muy transparentes y a que
siempre les inculcó a sus hijos el respeto y la tolerancia como valores
importantes. “La única condición que le puse a Andrés cuando nos
convertimos en pareja, fue que mis hijos, que tenían 9 y 10 años lo
aprobaran. Un día me senté con ellos y se los expliqué en detalle. Y,
para mi sorpresa, lo tomaron con naturalidad”, dice Rosita. Andrés
agrega: “No somos monstruos, no somos raros. Somos seres humanos. Mi
sueño es que la sociedad entienda que tiene que ser más inclusiva. Que
necesitamos cambios legales y aceptación, porque no podemos seguir
obligando a un escolar transexual a ponerse falda a la fuerza o
agarrarlo a garabatos e, incluso, pegarle porque es diferente”.
Algunas definiciones
TRANSEXUAL: Persona que se siente del sexo opuesto a su sexo biológico.
HOMOSEXUAL: Persona que se identifica sicológicamente con su sexo biológico pero siente atracción por los de su mismo sexo.
TRAVESTI: Persona que usa vestimenta del sexo opuesto.
TRANSGÉNERO: Persona que tiene una indefinición sexual, sin identificarse estrictamente con ninguno de los dos sexos.
HERMAFRODITA: Persona cuyos órganos reproductivos poseen características ambiguas, con rasgos femeninos y masculinos al mismo tiempo.
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