Saturday, April 14, 2007

¿QUIÉN DIABLOS NECESITA ETIQUETA?

por Francisco Javier Lagunes Gaitán

Ya lo dice el viejo dicho: No hay peor ciego que el que no quiere ver. Tanto nos han dicho que algunas orientaciones del deseo sexual son malas y perversas, que todos crecemos con el temor a encontrar algún elemento extraño en nosotros mismos (o en los demás). Una vez más, lo humano se resiste a ser encerrado en un esquema simple. Que tire la primera piedra quien se conozca netamente a sí mismo y no se esconda detrás de una etiqueta.
¿Quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? No cabe duda de que todos tenemos momentos en los que daríamos lo que fuera por tener una respuesta apropiada a estas preguntas básicas de la condición humana. Sin embargo, a la larga parece mejor no tener una respuesta demasiado definitiva que no nos permita cuestionarnos y crecer en direcciones diferentes.
La verdad es que da flojera levantarse cada día y tener que definir si somos o no somos, por eso tomamos el atajo de ponernos una etiqueta y conducirnos más o menos de acuerdo a lo que se supone que indica ésta. La única característica fija de lo humano es que, mientras hay vida, hay cambio y muchas veces en un sentido inesperado.
Etiquetas de identidad para tod@s...
Las etiquetas pueden servir como atajos o triquiñuelas que nos pueden ayudar a hacer más manejable la vida. Pero también pueden convertirse en lastres y obstáculos pavorosos, y producirnos una gran infelicidad. Es muy importante no casarme con una etiqueta y ser capaz de revisar críticamente si la que me había puesto me está ayudando realmente, o si me perjudica más.
Mi identidad personal tiene muchas capas, como una cebolla. Cada capa se forma por una etiqueta que me da identidad: mi cuerpo, mi nombre, mi familia, mi clase social, mi nacionalidad, mi idioma, mi credo religioso, mi ideología política, mi localidad, mi equipo de futbol favorito, mis pasatiempos, mi profesión, mi orientación sexual, mi música más querida, mi grupo étnico, etc. Y como buena cebolla, si quitas todas las capas, no queda nada abajo...
Cada etiqueta me permite identificarme con algunos y diferenciarme de otros. Algunas etiquetas son valoradas positivamente, mientras que otras son señaladas y rechazadas. Algunas etiquetas que me coloco me dan orgullo y seguridad personal. Al mismo tiempo, soy capaz de cualquier cosa por evitar lo más posible algunas otras etiquetas que me hacen sentir vergüenza. Es común enorgullecerse el 15 de septiembre de nuestra mexicanidad, pero nadie quiere que lo etiqueten como indio o naco (abreviatura de totonaco, un pueblo indígena originario "como los zacapoaxtlas, cuya participación decidió el triunfo del bando mexicano en cierta Batalla de Puebla, un 5 de mayo del siglo antepasado").
Avatares de las etiquetas de orientación sexual
El repertorio de etiquetas de orientación sexual es sumamente limitado. A pesar de que la sexualidad humana es tan rica y compleja, usualmente solo manejamos 3 etiquetas para tratar de describirla (en cuanto a orientación del deseo sexual): homosexual, heterosexual y bisexual.
Pero llegar a este sencillo trío de etiquetas no fue nada fácil. En tiempos bíblicos nomás había dos etiquetas: virtuosos y pecaminosos (puros e impuros). En ese entonces se ignoraba el concepto de homosexualidad que apenas cumplió 133 años. Si un hombre penetraba sexualmente a otro como él (la Biblia no prohibe el sexo entre mujeres), no se distinguía si había sido por mutuo consentimiento o a la fuerza, no les cabía en la cabeza que podía haber sido un acto amoroso, simplemente se prohibía. Consideraban que estos hombres carecían de una verdadera necesidad interior de hacer esto, como si solamente desearan ofender al señor por pura y temeraria frivolidad.
Desde fines del siglo XIX entraron "provenientes del vocabulario siquiátrico" dos conceptos nuevos y complementarios: homosexualidad y heterosexualidad. Antes de esa época la gente simplemente tenía gustos, sentimientos y prácticas eróticas (pecamnosas o virtuosas), pero al acuñar el concepto de la heterosexualidad se creó un nuevo resguardo para esconderse de los fantasmas interiores, de uno mismo. La etiqueta de la heterosexualidad ya no tenía solamente el fundamento de la religión y de las autoridades sociales, sino que ahora era la ciencia la que parecía venir en su apoyo. Yo estoy sano y por eso debo ser heterosexual, se le hacía decir al ciudadano común.

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