por Jorge Yáñez L.
Todavía a finales de la década de los 90´s el teórico y activista John Stoltenberg llegó a exponer planteamientos sobre la importancia de “negarse a ser hombre”, a partir de que la idea de hombría continuaba radicando en el hecho de cumplir con la serie de exigencias y expectativas del modelo hegemónico de masculinidad heterosexual (violencia, homofobia, sexismo, etc.).
El gran absurdo de los estudios de masculinidad (Men Studies) ha consistido en suponer que se trata sólo de análisis sobre la condición masculina no gay ni bisexual, como si el ser hombre derivara de la apariencia, de prototipos o de una sola orientación sexual, cuando su significado real parte de patrones de conducta y de cosmovisiones que varían por el contexto y el tiempo.
Por otro lado, lo preciso es hablar de masculinidades con base en una premisa básica, existe una enorme multiplicidad de modos de ser hombre; finalmente lo que los grupos que trabajan con hombres proponen, son alternativas modélicas para vivir ese ser hombres.
Tiene que asumirse de principio que prevalece una precariedad de investigaciones sobre el constructo cultural denominado masculinidad vinculado a las orientaciones sexuales, precisamente porque el proceso de descentrar el enfoque sólo hacia las heterosexualidades sigue presentando posiciones inflexibles y monopolizantes.
Por ejemplo, una de las realidades que más ha debilitado estas posturas reacias ha sido el ejercicio de la paternidad, entendida como un derecho de género, por lo tanto optable o no y para la cual la orientación sexual tiene cada vez un carácter menos determinante, como lo enarboló de larga data y en forma excluyente el modelo tradicional de masculinidad. Un hombre bisexual al igual que un homosexual o un heterosexual puede elegir por convertirse en un progenitor biológico, social o sustituto simplemente si ello le dice algo en su proyecto de vida y para tal decisión las reglas se desdibujan.
Masculinidad y Bisexualidad no son identidades en disputa, todo depende de quien referencie la óptica, una ideología de jerarquizaciones (en el protopensamiento radical, llamado Patriarcado) seguirá fundando en un nivel subordinante aquello que no encuadre con su concepto de hombre blanco, heterosexual y jefe de familia como única idea de hombre.
Pero lo lamentable también subyace en la propagación desde las publicaciones comerciales de mujeres, que proyectan imágenes tóxicas de los varones bisexuales, responsabilizándolos del fracaso de las relaciones de pareja por su presunta indefinición u homosexualidad disfrazada. Esta clase de manifestaciones de ignorancia y en resumidas cuentas de actitudes discriminatorias, solamente han servido para reforzar el paradójicamente rechazado esquema machista.
Aunque de manera simultánea el movimiento de hombres ha generado casos en verdad particulares de liderazgos profeministas no sólo en los países anglosajones, de varones bisexuales que defienden con inobjetable compromiso tanto las agendas feministas como las de derechos humanos, rompiendo así la falsa idea de que a lo más su articulación monotemática estaría direccionada exclusivamente hacia las demandas de la diversidad sexual.
En la actualidad resulta complicado y limitativo pretender avances con categorías fijas en el campo de las subjetividades masculinas, las posibilidades de interacción en los espacios homosociales parecen producir variantes casi ilimitadas, tantas como en los espacios un poco más caracterizados por la mixitud.
Pero es clave tener presente que, si se busca acceder a nuevos datos para la construcción de análisis menos sesgados, la metodología debe desagregarse de postulados precondicionantes por la lógica del modelo de masculinidad hegemónica. Verbi gracia, de asociar las penetraciones entre varones como signos de un esquema sustentado en relaciones de dominación y en consecuencia de prácticas homosexuales analogables a una idea de pasividad femenina infravalorada por la escala cultural androcentrista.
Si no se comprende que las formas de relación de las bisexualidades conforman parámetros y dinámicas aparte, altamente variables y diversas, los resultados serán imprecisos e inducidos.
En la mayor parte del mosaico de bisexualidades, términos como promiscuidad, libertinaje o excesos, carecen de sentido, porque en esencia son conceptos delineadores de los límites de la heterosexualidad tradicional, adicionalmente permeados de una moral que tiende a tratar a los adultos como menores de edad, tutelables de por vida.
Por eso ha sido tan relevante sistematizar los testimonios de hombres bisexuales, para disponer de información certera sobre su idea de masculinidad, su ejercicio no sólo desde la homoeroticidad, también en su relación con las mujeres y también no nada más a nivel pareja, sino en todos los ámbitos de interacción pública y privada, puesto que un indicador base de la masculinidad en los bisexuales sigue siendo la medición de mecanismos de equidad de género.
Y es que este factor a título hipotético debiera marcar diferencias sustanciales respecto a la bisexualidad femenina, cuyo eje de relación no parte de una sobrevaloración de la identidad de género de al menos uno de los sujetos.
Masculinidad y Bisexualidad es un binomio inconcluso en los estudios académicos, que además se redefine periódicamente y para el cual las analogías con lo homo y lo hetero, o son parciales o transfieren un marco de socialización distinto.
La legitimidad de los datos se irá fincando en la objetividad en la medida en que vaya disminuyendo la práctica de referenciarse únicamente por aquello que se quiere escuchar, sólo porque sus códigos emplean un lenguaje cercano o común a lo personal inmediato.
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1 comment:
Muy bueno tu post me parece interesante plantear el abordaje de las masculinidades desde la bisexualidad y que rico que haya gente que publique este tipo de post que trascienden el testimonio tipo bitacora, me encanto leerte te voy a agregar a mis lynks.
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